miércoles, 21 de septiembre de 2016

El protagonismo ético

La importancia de ser protagonistas.
"He descubierto que soy persona, que tengo dignidad..." afirmaba un adulto-joven, hace algunos años luego de haber vivido todo un proceso de formación y capacitación. Era un hombre del mundo popular, hasta el momento marginado del sistema donde no todos pueden acceder a los bienes y servicios que a la vista se ofrecen al conjunto de la sociedad. Al pedirle que siguiera narrando su experiencia, manifestó que su descubrimiento apuntaba a sentirse más dueño de su vida, con más autonomía y capacidad para ejercerla; en definitiva, se sentía más persona.
Hace algún tiempo, un grupo de jóvenes creó, bajo la orientación de INFOCAP, Instituto de formación y Capacitación Laboral en la ciudad de Santiago de Chile, una iniciativa que hoy recibe el nombre de “Un techo para Chile”. Estos jóvenes miraron su entorno social y captaron una consecuencia del drama de la pobreza. Muchas familias no tenían un lugar mínimamente digno para vivir. De ahí que decidieran capacitarse para ayudar a construir pequeñas casitas que posibilitaran a muchos pobladores una vida de mayor calidad. La experiencia de estos jóvenes les significó vivir el protagonismo y de esa manera la actuación de su identidad más profunda de ser hombres y mujeres; la autonomía en su expresión más rica, el ejercicio de su dignidad en definitiva.
Lo anterior parece indicar que las personas y el colectivo se descubren en lo más propio de su humanidad cuando ejercen el protagonismo, cuando realizan activamente su existencia y no solamente padecen lo construido por otros, cuando se sitúan activamente como primeros (protos) en medio de la lucha entre la vida y la muerte (agonos).

Un caso de deshumanización.
En su impactante obra La Metamorfosis, Franz Kafka (1915)[1] muestra el trágico despertar de un hombre que se deshumanizó radicalmente convirtiéndose en un insecto monstruoso. “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.  «¿Qué me ha ocurrido?», pensó”
En efecto, una mañana Gregorio Samsa se despierta en su cuarto convertido en una extraña criatura insectoide. Su primera preocupación, a pesar de la horrible situación en la que se encuentra, es llegar tarde al trabajo y perder el tren que lo trasladaba diariamente. Tal inquietud pronto aparece en el resto de su familia cuando se dan cuenta de que Gregorio aún no ha salido a trabajar y continúa encerrado en su habitación. En su situación, incapaz de controlar su nuevo cuerpo y de hablar normalmente, la apertura de la puerta se convierte en una odisea que se agrava con la llegada del principal enviado por el jefe de Gregorio. Cuando, por fin todos descubren el nuevo estado de este hombre deshumanizado, la familia pasa del horror inicial a tratarlo con abnegación, como una carga o un molesto deber. Sin embargo, sus padres no vuelven a entrar en su cuarto, donde Gregorio queda confinado. Es su hermana Grete, la que se dedica a intentar cubrir sus necesidades básicas como mejor puede, a pesar de que le causaba repugnancia su aspecto.
Aunque Gregorio conserva en todo momento sus facultades mentales, su incapacidad para hablar hace pensar a la familia que ahora no es más que un animal que no puede comprenderlos y que ha perdido su sentido racional. Grete pronto vacía la habitación de casi todo el mobiliario para dejarle una mayor libertad de movimiento que Gregorio no tarda en aprovechar y disfrutar, al descubrir que se halla más cómodo trepando por las paredes y el techo que en el suelo. Sin embargo, no deja de sentirse avergonzado y siempre se oculta detrás de un sofá antes de la llegada diaria de su hermana que le lleva comida y limpia el cuarto.
En una ocasión, motivado por el hecho de que su madre parece no acabar de aceptar lo que es ahora su hijo, Gregorio abandona su habitación, su padre lo persigue con intenciones agresivas y dado el frágil estado de su hijo, casi lo mata.
En otra ocasión, tras largos días de soledad y deterioro físico tras el percance con su padre, la música del violín tocado por su hermana en honor de unos arrogantes inquilinos, con cuya renta la familia puede seguir viviendo tras la pérdida del sueldo de Gregorio, lo hace salir de su habitación en una especie de trance (con intenciones de cariño hacia su hermana). Esto crea nuevos problemas que ponen en peligro los ingresos de los que vive la familia. Entonces, Grete expresa su más total repulsa hacia su hermano y opina que deben librarse de él porque ya han hecho con él todo lo humanamente posible pues la criatura no es ya Gregorio. Entonces este vuelve a su habitación y muere de inanición, abandono y una infección causada por el ataque de su padre. Al descubrir su cadáver, la familia siente que se les ha quitado un enorme peso de encima y comienzan a planificar el futuro, salen en un viaje y cierran rápida y definitivamente esa etapa de sus vidas con las esperanzas puestas en su hija.
La familia parece vivir un nuevo renacer, tomando conciencia de aspectos que no había captado últimamente y tienen que ver con la belleza de su Grete. De esta manera termina el relato de Kafka expresando que “mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven”.

La pregunta de Samsa y el Protagonismo.
La pregunta inicial que se formula Gregorio Samsa dista mucho de la experiencia de protagonismo, incipiente pero creciente, del trabajador que descubría la posibilidad de asumir la vida con sus propias manos. Samsa no se pregunta por lo que él ha realizado, sino por algo que escapa totalmente a sus posibilidades de control y determina, no solo condiciona, toda su vida de ahora en adelante. “¿Qué me ha ocurrido?” es la pregunta del paciente, no del agente, del pasivo, no del protagonista. Al vivenciarse y experimentarse deshumanizado, va sintiendo vergüenza. Quienes lo ven, sienten asco, desprecio, vergüenza ajena.
Su deshumanización también deshumaniza a los demás quienes viven la imposibilidad del cambio por sí mismos, la imposición radical de algo que no desean. Dicho proceso empequeñece más al mismo Gregorio terminando con su propia existencia, dejado totalmente de lado, sin afecto, sin alimento, sin siquiera lo fundamental que requiere todo ser vivo.
Lo dicho anteriormente parece confirmar el dato de la experiencia expresada con el ejemplo dado al comienzo y puede ayudarnos a plantear un tema más de fondo: la formulación del discurso moral en una sociedad pluralista, la teorización de la práctica del protagonismo en un tipo de sociedad que lo permita y posibilite5. Esta idea puede ser clave a la hora de intentar relacionar la ética con el fenómeno social en general y con la teoría y práctica política en particular. Apuntamos, al menos al iniciar nuestra reflexión, a buscar una respuesta para dicha relación. Ésta parece estar insinuada en la experiencia narrada anteriormente: la ética y la política constituyen prácticas y disciplinas que toman sentido cuando están al servicio de la creciente realización plena del ser humano en una historia que construyen ellos mismos como protagonistas.

Un protagonismo organizado.
Cuando se preguntaba qué es el Estado, normalmente la respuesta apuntaba a la noción clásica de este instrumento que para muchos define a la misma política. El Estado, se dice muchas veces, es la nación jurídicamente organizada. La nota que dice relación con la organización de la sociedad es clave en esta definición aunque aparece con un nivel de ambigüedad importante.
El concepto nación nos hace pensar en la idea de comunidad, es decir, de personas unidas culturalmente, con identificaciones colectivas que le entregan identidad propia. Si hablamos de comunidad podemos hablar de sociedad. Al hacerlo nos acercamos a algo fundamental del ser humano, tanto que lo define a sí mismo. En este sentido ayuda rescatar la idea griega que definía al hombre como social en el sentido más profundo del concepto donde lo político estaba integrado al mismo y no se concebían como dimensiones separadas como hoy día podemos hacerlo.
En efecto, como recuerda Sartori (1987)[2], cuando Aristóteles definía al ser humano como zoom politikón estaba definiendo al hombre no a la política. El hombre vive en la  polis porque en ella se realiza totalmente como tal. Ser político es ser social. El griego no hace diferencia entre lo político y lo social. Este concepto tiene una tremenda riqueza pues nos sitúa en un núcleo de identidad del ser humano pues nos permite hablar de una ética donde el protagonismo se vive comunitaria y/o colectivamente, es decir, en relación a otros y con los otros. “El animal político, el polítes, no se distinguía en modo alguno de un animal social, de ese ser que nosotros llamaríamos societario o sociable. El vivir ‘político’ _en y para la polis_ era al mismo tiempo el vivir colectivo, el vivir asociado, y más intensamente, el vivir en koinonía, en comunión y ‘comunidad’.(Sartori,1987) Ya volveremos sobre este aspecto central del concepto de ser humano.

De la marginación a la integración social.
No obstante la identidad social del ser humano, a diario se vive una experiencia que pareciera desmentir este dato. La paradoja de vivir en una sociedad que no integra a una cantidad enorme de sus miembros condenándolos a vivir a la “orilla del camino”, sin suficientes oportunidades para caminar o subirse al carro del progreso, es una realidad que vemos permanentemente. En Chile, esta experiencia la hemos visto institucionalizada. El sistema político ha dado cuenta de ello y no son pocas las voces que han trabajado para cambiar dicha situación. Es lo que ocurrió por ejemplo con el sistema binominal que dejaba fuera de la representación parlamentaria a un porcentaje importante de la sociedad comúnmente conocida como izquierda extraparlamentaria, o la imposibilidad que había de ejercer el derecho a votar a los chilenos que están radicados en el extranjero. Hoy quizá puede afirmarse lo mismo respecto al sistema previsional y tantas otras situaciones ligadas al acceso a la salud, educación, entre otras.
Para conocer las razones de la institucionalización de cuotas no despreciables de marginación y sacar sus conclusiones, no es suficiente la visión directa de las cosas. Se requiere de instrumentos o mediaciones que ayuden a conocer y entender el fenómeno y también la lucidez y visión para encontrar posibles soluciones a los problemas, sobre todo cuando la marginación se da en una sociedad compleja como es hoy día la realidad chilena.
La superación de esta paradoja y la confirmación del dato de la vocación social del ser humano nos lleva a plantear que la alternativa propiamente tal para salir de la marginación está ligada a la organización. No es de modo individual como propiamente se ejerce el protagonismo sino que juntos a otros y de manera organizada. La importancia de esta afirmación puede iluminarse con la siguiente situación.
Cercano a la calle Los Morros, actual avenida padre Hurtado, una de las arterias del Área Metropolitana que más miseria reúne a su alrededor, se ubicaba el Campamento San Joaquín. Ahí, los vecinos se habían organizado para sacar adelante un proyecto vital: lograr una vivienda digna y propia. Durante años ahorraron, con dificultad, el escaso dinero que habían podido conseguir a través de actividades, trabajos esporádicos y otras ayudas recibidas. ¿Qué fue lo que permitió que los habitantes de este campamento lograran los frutos de una vivienda digna y propia? Se pueden destacar varios elementos. Uno es la calidad de las relaciones humanas entre los miembros de este campamento. Se trataba de personas que fundamentalmente confiaron en los demás, viviendo una relación suficientemente armónica, obviamente no exenta de conflictos. Cuando hubo conflictos se supo ponerles remedio, conversando, apoyándose y buscando asesorías externas. Estas relaciones permitieron el ejercicio interno de la solidaridad. Todo lo que llegaba al campamento se repartía de acuerdo a criterios de equidad por todos conocidos y preestablecidos.
Otro elemento fue la conciencia colectiva de un proyecto común que los aglutinaba y les daba sentido para trabajar y realizar las tareas en pro de sus logros. Su proyecto apuntaba principalmente a conseguir la vivienda esperada. A partir de eso surgieron pequeños proyectos relacionados con la finalidad de lograr el objetivo fundamental propuesto. La existencia de sentido en las actividades ayudaba a que el ánimo de los pobladores no decayera en los tiempos más difíciles, como por ejemplo en el invierno o las veces que alguna catástrofe dejaron a algunos de ellos sin siquiera lo mínimo para subsistir. En todo esto el papel del dirigente no tenía una importancia secundaria. El campamento se ha organizado, elegido representantes y estos han cumplido su rol con creatividad gozando de una alta legitimidad en su organización.
Esta realidad permitió que no pocas instituciones se hayan acercado a colaborar en su proyecto. Algunas ayudándoles a organizarse y enfrentar los problemas interpersonales. Otras facilitándoles la capacitación laboral. Otras, cooperando con alimentos, vestuario y materiales para sus viviendas. Por último, no fue tan difícil, como podrían haberse imaginado, el aporte del sector público para lograr el subsidio y la construcción de sus viviendas definitivas.
Este ejemplo puede ilustrarnos un tema muy ligado al fenómeno de la exclusión que mina las posibilidades de ejercer el protagonismo: el paso de la marginación a la inclusión social. Se trata de un tema ético pues, como ya se ha dicho, a través de la búsqueda del protagonismo, el hombre y la mujer pueden ejercer justamente su condición moral. Sin duda una experiencia diferente a la del personaje de Kafka. Aquí nadie se despertó preguntándose qué me ha ocurrido sino al revés, planteándose lo que hay que hacer para desprenderse de la condición de marginados excesivamente dependientes de los demás.




[1] Kafka, Franz (1915) La Metamorfosis. Alba Editores, 2003
[2] Sartori Giovanni (1987) La Política, lógica y método en las ciencias sociales. Fondo de Cultura Económica, México.

Introducción Curso Ética y Política 2016

Introducción al curso.
Iniciamos un proceso que nos permita adquirir un modo de interpretación ética del fenómeno político. Este curso, más que reflexionar sobre el desafío que puede implicar una posible relación entre ética y política, constituye un intento metodológico para llevar a cabo esta posibilidad de relación. Con este fin nos proponemos como objetivo principal comprender y manejar los elementos fundamentales del discurso ético y  relacionarlos, en clave de discernimiento, con el fenómeno político. Para ello, nos proponemos como objetivos más específicos,
1.-Adquirir conocimientos teóricos sobre la naturaleza del discurso ético.
2.-Trabajar de modo teórico-práctico desde una perspectiva ética que coloque en el centro de las preocupaciones al ser humano como protagonista de su historia.
3.-Incorporar elementos que permitan realizar análisis socio político desde la dimensión ética..
5.-Conocer diferentes perspectivas que pretenden dar una respuesta a la relación entre ética y política.
6.-Conocer y aplicar el método del discernimiento ético, como herramienta para dar una respuesta ética ante el fenómeno político.
Veamos cómo podemos lograr esos objetivos
Los desafíos éticos del Chile actual.
Nuestros inviernos, desde hace muchos años, se caracterizan no tanto por el frio sino por la contaminación en las grandes ciudades de nuestro país. Santiago, de manera particular, asentada en un valle con poca ventilación, parece en los meses de invierno casi irrespirable, con las consecuencias a nivel de salud que afectan especialmente a los más vulnerables: niños, ancianos y los más pobres.
Este fenómeno de contaminación parece haberse reproducido también en nuestra convivencia. Algo nos está ocurriendo y forma parte de un proceso que no logramos comprender suficientemente. Actos de corrupción y abusos de poder, a nivel de liderazgos sociales, políticos, empresariales y religiosos, parecen ser síntomas de una cultura que ha perdido bases fundamentales que en otro tiempo nos aglutinaban. Quizá es porque transitamos desde una sociedad de ciudadanos a una de consumidores. Y como tales, buscamos fundamentalmente un bienestar individual y, a lo más, familiar. Hay otros síntomas que quizá nos están haciendo tomar algo de conciencia de lo que nos ocurre: dificultad para dialogar, para ponernos en el lugar del otro y desde ahí poder al menos entenderlo, aunque discrepemos de su punto de vista; dificultad para agotar todos los recursos posibles para los acuerdos y no llegar de primeras a imponer mis puntos de vista pasando a llevar los legítimos derechos de los otros. Podríamos enumerar otros síntomas en una larga lista que no nos sorprendería mayormente pues somos parte del problema, y casi nos hemos acostumbrado a vivir con ellos, como lo hacen los enfermos cuando no tienen otra posibilidad que aprender a convivir con sus enfermedades hasta que estas los venzan definitivamente.
En las primeras clases del curso de ética y política de este año 2016, nos preguntamos por los desafíos éticos del Chile actual. De manera interesante, emergió en el debate del curso el tema ético no solamente centrado en los temas que comúnmente se llaman valóricos, sino temáticas que tienen que ver con las relaciones sociales y de poder. Parece existir hoy día más conciencia de que los abusos de poder, la corrupción, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace efectivamente, son temáticas éticas fundamentales que afectan nuestra convivencia. Esto, como lo indicó una estudiante del curso, parece estar relacionado con un positivo fenómeno de “ensanchamiento de la conciencia moral”, es decir, lo que quizá ayer nos parecía “normal” hoy nos irrita, lo que antes nos pudo parecer “natural” ahora lo vemos como una construcción humana que, por tanto debe imperiosamente ser modificada o replanteada cuando afecta negativamente al ser humano y su habitat.
Desde lo anterior nos preguntamos por lo que es ética, asumiendo que normalmente se plantea una distinción entre dicha disciplina y la moral pero que en este curso ambos conceptos los consideraremos como sinónimos. La ética se nos aparece como una forma de mirar al ser humano en su multiplicidad de relaciones. Resultó interesante en clases, por ejemplo, hacer un ejercicio de distintas miradas de la realidad. En efecto, un hecho social o interpersonal puede observarse y aprehenderse desde muchos enfoques: políticos, económicos, religiosos, culturales, estéticos, etc. En nuestro caso, queremos poner el acento en la perspectiva ética que supone un concepto de ser humano que se va construyendo en un proceso de multiplicidad de relaciones.
El ser humano.
El ser humano es una persona. Un universo de naturaleza espiritual dotado de libre albedrío nos dirá Jacques Maritain. Tan libre que nadie puede violar su integridad. Pascal planteará que piensa y sabe que piensa. Cuando hablamos del ser humano estamos hablando de otro nivel en el riquísimo mundo de los seres vivos. Libre, piensa, sabe que piensa. Pero también el ser humano tiene un horizonte. Más aún, puede crear sus propios fines y para ellos busca y crea los medios que lo pueden conducir al su fin. Ese fin que Aristóteles llamaba Felicidad.
Es en la historia que el ser humano vive todo esto. Una historia desafiante, con el color de lo claro-oscuro, donde la persona es y a la vez se va haciendo. Vive y posee una forma de vivir. Pero, como dice Augusto Hortal (2000), “nuestras vidas no consisten únicamente en desplegar un programa de potencialidades previamente fijadas para toda la especie; actuamos de forma indiferenciada, individual y grupalmente, y nos planteamos cómo vivir y actuar.”[1] Si el ser humano tiene un fin, y éste es su felicidad, y además es libre o posee libertad, puede acercarse a este fin, pero también podrá alejarse. Habrá entonces formas de pensar y vivir más humanas que otras. Esto es sumamente importante pues vivir humanamente no será algo automático sino también una tarea por hacerse. De ahí la moralidad de su vida. Será moral una vida que lo lleve al éxito en su empresa de ser persona, será no moral su vida, en la medida que lo conduzca por un sendero de deshumanización. De todo esto se ocupará la ética.

¿Qué es ética?
Aclaremos el concepto. Sigamos nuevamente a Augusto Hortal. La palabra ética procede del griego y significa carácter, forma de ser (originalmente: morada, lugar donde habitan los hombres o pacen los animales). De acuerdo a su etimología, la ética significaría las cosas referentes al carácter. El ethos puede ser tanto individual como social y se pone de manifiesto en la manera habitual de actuar de un individuo o de un grupo.
La palabra moral originalmente era el adjetivo (morales) del sustantivó latino “mos, moris”. Originalmente significa costumbre, y llega a significar carácter o modo de ser a partir de la necesidad de traducir al latín el vocablo griego “ethos”.
En el mundo clásico griego y latino, la norma por la que se juzgan las acciones, o el objeto de la Filosofía moral, está encarnada, materializada en una forma habitual de ser y de actuar. Para recuperar este matiz realista de la moral vivida en una sociedad, la sociología y la antropología cultural han introducido el neologismo “mores”.
En nuestro lenguaje ordinario, ética y moral se usan con frecuencia como sinónimos intercambiables, tanto para designar la moral vivida como la moral formulada. Pero a veces se usa ética para hablar de algo más individual, reflexivo, filosófico, mientras que “moral” se usa para lo más social, espontáneo, religioso o teológico.



[1] Hortal, Augusto (2000). Ética I Edic. Pontificia Universidad de Comillas Madrid.