miércoles, 21 de septiembre de 2016

El protagonismo ético

La importancia de ser protagonistas.
"He descubierto que soy persona, que tengo dignidad..." afirmaba un adulto-joven, hace algunos años luego de haber vivido todo un proceso de formación y capacitación. Era un hombre del mundo popular, hasta el momento marginado del sistema donde no todos pueden acceder a los bienes y servicios que a la vista se ofrecen al conjunto de la sociedad. Al pedirle que siguiera narrando su experiencia, manifestó que su descubrimiento apuntaba a sentirse más dueño de su vida, con más autonomía y capacidad para ejercerla; en definitiva, se sentía más persona.
Hace algún tiempo, un grupo de jóvenes creó, bajo la orientación de INFOCAP, Instituto de formación y Capacitación Laboral en la ciudad de Santiago de Chile, una iniciativa que hoy recibe el nombre de “Un techo para Chile”. Estos jóvenes miraron su entorno social y captaron una consecuencia del drama de la pobreza. Muchas familias no tenían un lugar mínimamente digno para vivir. De ahí que decidieran capacitarse para ayudar a construir pequeñas casitas que posibilitaran a muchos pobladores una vida de mayor calidad. La experiencia de estos jóvenes les significó vivir el protagonismo y de esa manera la actuación de su identidad más profunda de ser hombres y mujeres; la autonomía en su expresión más rica, el ejercicio de su dignidad en definitiva.
Lo anterior parece indicar que las personas y el colectivo se descubren en lo más propio de su humanidad cuando ejercen el protagonismo, cuando realizan activamente su existencia y no solamente padecen lo construido por otros, cuando se sitúan activamente como primeros (protos) en medio de la lucha entre la vida y la muerte (agonos).

Un caso de deshumanización.
En su impactante obra La Metamorfosis, Franz Kafka (1915)[1] muestra el trágico despertar de un hombre que se deshumanizó radicalmente convirtiéndose en un insecto monstruoso. “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.  «¿Qué me ha ocurrido?», pensó”
En efecto, una mañana Gregorio Samsa se despierta en su cuarto convertido en una extraña criatura insectoide. Su primera preocupación, a pesar de la horrible situación en la que se encuentra, es llegar tarde al trabajo y perder el tren que lo trasladaba diariamente. Tal inquietud pronto aparece en el resto de su familia cuando se dan cuenta de que Gregorio aún no ha salido a trabajar y continúa encerrado en su habitación. En su situación, incapaz de controlar su nuevo cuerpo y de hablar normalmente, la apertura de la puerta se convierte en una odisea que se agrava con la llegada del principal enviado por el jefe de Gregorio. Cuando, por fin todos descubren el nuevo estado de este hombre deshumanizado, la familia pasa del horror inicial a tratarlo con abnegación, como una carga o un molesto deber. Sin embargo, sus padres no vuelven a entrar en su cuarto, donde Gregorio queda confinado. Es su hermana Grete, la que se dedica a intentar cubrir sus necesidades básicas como mejor puede, a pesar de que le causaba repugnancia su aspecto.
Aunque Gregorio conserva en todo momento sus facultades mentales, su incapacidad para hablar hace pensar a la familia que ahora no es más que un animal que no puede comprenderlos y que ha perdido su sentido racional. Grete pronto vacía la habitación de casi todo el mobiliario para dejarle una mayor libertad de movimiento que Gregorio no tarda en aprovechar y disfrutar, al descubrir que se halla más cómodo trepando por las paredes y el techo que en el suelo. Sin embargo, no deja de sentirse avergonzado y siempre se oculta detrás de un sofá antes de la llegada diaria de su hermana que le lleva comida y limpia el cuarto.
En una ocasión, motivado por el hecho de que su madre parece no acabar de aceptar lo que es ahora su hijo, Gregorio abandona su habitación, su padre lo persigue con intenciones agresivas y dado el frágil estado de su hijo, casi lo mata.
En otra ocasión, tras largos días de soledad y deterioro físico tras el percance con su padre, la música del violín tocado por su hermana en honor de unos arrogantes inquilinos, con cuya renta la familia puede seguir viviendo tras la pérdida del sueldo de Gregorio, lo hace salir de su habitación en una especie de trance (con intenciones de cariño hacia su hermana). Esto crea nuevos problemas que ponen en peligro los ingresos de los que vive la familia. Entonces, Grete expresa su más total repulsa hacia su hermano y opina que deben librarse de él porque ya han hecho con él todo lo humanamente posible pues la criatura no es ya Gregorio. Entonces este vuelve a su habitación y muere de inanición, abandono y una infección causada por el ataque de su padre. Al descubrir su cadáver, la familia siente que se les ha quitado un enorme peso de encima y comienzan a planificar el futuro, salen en un viaje y cierran rápida y definitivamente esa etapa de sus vidas con las esperanzas puestas en su hija.
La familia parece vivir un nuevo renacer, tomando conciencia de aspectos que no había captado últimamente y tienen que ver con la belleza de su Grete. De esta manera termina el relato de Kafka expresando que “mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven”.

La pregunta de Samsa y el Protagonismo.
La pregunta inicial que se formula Gregorio Samsa dista mucho de la experiencia de protagonismo, incipiente pero creciente, del trabajador que descubría la posibilidad de asumir la vida con sus propias manos. Samsa no se pregunta por lo que él ha realizado, sino por algo que escapa totalmente a sus posibilidades de control y determina, no solo condiciona, toda su vida de ahora en adelante. “¿Qué me ha ocurrido?” es la pregunta del paciente, no del agente, del pasivo, no del protagonista. Al vivenciarse y experimentarse deshumanizado, va sintiendo vergüenza. Quienes lo ven, sienten asco, desprecio, vergüenza ajena.
Su deshumanización también deshumaniza a los demás quienes viven la imposibilidad del cambio por sí mismos, la imposición radical de algo que no desean. Dicho proceso empequeñece más al mismo Gregorio terminando con su propia existencia, dejado totalmente de lado, sin afecto, sin alimento, sin siquiera lo fundamental que requiere todo ser vivo.
Lo dicho anteriormente parece confirmar el dato de la experiencia expresada con el ejemplo dado al comienzo y puede ayudarnos a plantear un tema más de fondo: la formulación del discurso moral en una sociedad pluralista, la teorización de la práctica del protagonismo en un tipo de sociedad que lo permita y posibilite5. Esta idea puede ser clave a la hora de intentar relacionar la ética con el fenómeno social en general y con la teoría y práctica política en particular. Apuntamos, al menos al iniciar nuestra reflexión, a buscar una respuesta para dicha relación. Ésta parece estar insinuada en la experiencia narrada anteriormente: la ética y la política constituyen prácticas y disciplinas que toman sentido cuando están al servicio de la creciente realización plena del ser humano en una historia que construyen ellos mismos como protagonistas.

Un protagonismo organizado.
Cuando se preguntaba qué es el Estado, normalmente la respuesta apuntaba a la noción clásica de este instrumento que para muchos define a la misma política. El Estado, se dice muchas veces, es la nación jurídicamente organizada. La nota que dice relación con la organización de la sociedad es clave en esta definición aunque aparece con un nivel de ambigüedad importante.
El concepto nación nos hace pensar en la idea de comunidad, es decir, de personas unidas culturalmente, con identificaciones colectivas que le entregan identidad propia. Si hablamos de comunidad podemos hablar de sociedad. Al hacerlo nos acercamos a algo fundamental del ser humano, tanto que lo define a sí mismo. En este sentido ayuda rescatar la idea griega que definía al hombre como social en el sentido más profundo del concepto donde lo político estaba integrado al mismo y no se concebían como dimensiones separadas como hoy día podemos hacerlo.
En efecto, como recuerda Sartori (1987)[2], cuando Aristóteles definía al ser humano como zoom politikón estaba definiendo al hombre no a la política. El hombre vive en la  polis porque en ella se realiza totalmente como tal. Ser político es ser social. El griego no hace diferencia entre lo político y lo social. Este concepto tiene una tremenda riqueza pues nos sitúa en un núcleo de identidad del ser humano pues nos permite hablar de una ética donde el protagonismo se vive comunitaria y/o colectivamente, es decir, en relación a otros y con los otros. “El animal político, el polítes, no se distinguía en modo alguno de un animal social, de ese ser que nosotros llamaríamos societario o sociable. El vivir ‘político’ _en y para la polis_ era al mismo tiempo el vivir colectivo, el vivir asociado, y más intensamente, el vivir en koinonía, en comunión y ‘comunidad’.(Sartori,1987) Ya volveremos sobre este aspecto central del concepto de ser humano.

De la marginación a la integración social.
No obstante la identidad social del ser humano, a diario se vive una experiencia que pareciera desmentir este dato. La paradoja de vivir en una sociedad que no integra a una cantidad enorme de sus miembros condenándolos a vivir a la “orilla del camino”, sin suficientes oportunidades para caminar o subirse al carro del progreso, es una realidad que vemos permanentemente. En Chile, esta experiencia la hemos visto institucionalizada. El sistema político ha dado cuenta de ello y no son pocas las voces que han trabajado para cambiar dicha situación. Es lo que ocurrió por ejemplo con el sistema binominal que dejaba fuera de la representación parlamentaria a un porcentaje importante de la sociedad comúnmente conocida como izquierda extraparlamentaria, o la imposibilidad que había de ejercer el derecho a votar a los chilenos que están radicados en el extranjero. Hoy quizá puede afirmarse lo mismo respecto al sistema previsional y tantas otras situaciones ligadas al acceso a la salud, educación, entre otras.
Para conocer las razones de la institucionalización de cuotas no despreciables de marginación y sacar sus conclusiones, no es suficiente la visión directa de las cosas. Se requiere de instrumentos o mediaciones que ayuden a conocer y entender el fenómeno y también la lucidez y visión para encontrar posibles soluciones a los problemas, sobre todo cuando la marginación se da en una sociedad compleja como es hoy día la realidad chilena.
La superación de esta paradoja y la confirmación del dato de la vocación social del ser humano nos lleva a plantear que la alternativa propiamente tal para salir de la marginación está ligada a la organización. No es de modo individual como propiamente se ejerce el protagonismo sino que juntos a otros y de manera organizada. La importancia de esta afirmación puede iluminarse con la siguiente situación.
Cercano a la calle Los Morros, actual avenida padre Hurtado, una de las arterias del Área Metropolitana que más miseria reúne a su alrededor, se ubicaba el Campamento San Joaquín. Ahí, los vecinos se habían organizado para sacar adelante un proyecto vital: lograr una vivienda digna y propia. Durante años ahorraron, con dificultad, el escaso dinero que habían podido conseguir a través de actividades, trabajos esporádicos y otras ayudas recibidas. ¿Qué fue lo que permitió que los habitantes de este campamento lograran los frutos de una vivienda digna y propia? Se pueden destacar varios elementos. Uno es la calidad de las relaciones humanas entre los miembros de este campamento. Se trataba de personas que fundamentalmente confiaron en los demás, viviendo una relación suficientemente armónica, obviamente no exenta de conflictos. Cuando hubo conflictos se supo ponerles remedio, conversando, apoyándose y buscando asesorías externas. Estas relaciones permitieron el ejercicio interno de la solidaridad. Todo lo que llegaba al campamento se repartía de acuerdo a criterios de equidad por todos conocidos y preestablecidos.
Otro elemento fue la conciencia colectiva de un proyecto común que los aglutinaba y les daba sentido para trabajar y realizar las tareas en pro de sus logros. Su proyecto apuntaba principalmente a conseguir la vivienda esperada. A partir de eso surgieron pequeños proyectos relacionados con la finalidad de lograr el objetivo fundamental propuesto. La existencia de sentido en las actividades ayudaba a que el ánimo de los pobladores no decayera en los tiempos más difíciles, como por ejemplo en el invierno o las veces que alguna catástrofe dejaron a algunos de ellos sin siquiera lo mínimo para subsistir. En todo esto el papel del dirigente no tenía una importancia secundaria. El campamento se ha organizado, elegido representantes y estos han cumplido su rol con creatividad gozando de una alta legitimidad en su organización.
Esta realidad permitió que no pocas instituciones se hayan acercado a colaborar en su proyecto. Algunas ayudándoles a organizarse y enfrentar los problemas interpersonales. Otras facilitándoles la capacitación laboral. Otras, cooperando con alimentos, vestuario y materiales para sus viviendas. Por último, no fue tan difícil, como podrían haberse imaginado, el aporte del sector público para lograr el subsidio y la construcción de sus viviendas definitivas.
Este ejemplo puede ilustrarnos un tema muy ligado al fenómeno de la exclusión que mina las posibilidades de ejercer el protagonismo: el paso de la marginación a la inclusión social. Se trata de un tema ético pues, como ya se ha dicho, a través de la búsqueda del protagonismo, el hombre y la mujer pueden ejercer justamente su condición moral. Sin duda una experiencia diferente a la del personaje de Kafka. Aquí nadie se despertó preguntándose qué me ha ocurrido sino al revés, planteándose lo que hay que hacer para desprenderse de la condición de marginados excesivamente dependientes de los demás.




[1] Kafka, Franz (1915) La Metamorfosis. Alba Editores, 2003
[2] Sartori Giovanni (1987) La Política, lógica y método en las ciencias sociales. Fondo de Cultura Económica, México.

Introducción Curso Ética y Política 2016

Introducción al curso.
Iniciamos un proceso que nos permita adquirir un modo de interpretación ética del fenómeno político. Este curso, más que reflexionar sobre el desafío que puede implicar una posible relación entre ética y política, constituye un intento metodológico para llevar a cabo esta posibilidad de relación. Con este fin nos proponemos como objetivo principal comprender y manejar los elementos fundamentales del discurso ético y  relacionarlos, en clave de discernimiento, con el fenómeno político. Para ello, nos proponemos como objetivos más específicos,
1.-Adquirir conocimientos teóricos sobre la naturaleza del discurso ético.
2.-Trabajar de modo teórico-práctico desde una perspectiva ética que coloque en el centro de las preocupaciones al ser humano como protagonista de su historia.
3.-Incorporar elementos que permitan realizar análisis socio político desde la dimensión ética..
5.-Conocer diferentes perspectivas que pretenden dar una respuesta a la relación entre ética y política.
6.-Conocer y aplicar el método del discernimiento ético, como herramienta para dar una respuesta ética ante el fenómeno político.
Veamos cómo podemos lograr esos objetivos
Los desafíos éticos del Chile actual.
Nuestros inviernos, desde hace muchos años, se caracterizan no tanto por el frio sino por la contaminación en las grandes ciudades de nuestro país. Santiago, de manera particular, asentada en un valle con poca ventilación, parece en los meses de invierno casi irrespirable, con las consecuencias a nivel de salud que afectan especialmente a los más vulnerables: niños, ancianos y los más pobres.
Este fenómeno de contaminación parece haberse reproducido también en nuestra convivencia. Algo nos está ocurriendo y forma parte de un proceso que no logramos comprender suficientemente. Actos de corrupción y abusos de poder, a nivel de liderazgos sociales, políticos, empresariales y religiosos, parecen ser síntomas de una cultura que ha perdido bases fundamentales que en otro tiempo nos aglutinaban. Quizá es porque transitamos desde una sociedad de ciudadanos a una de consumidores. Y como tales, buscamos fundamentalmente un bienestar individual y, a lo más, familiar. Hay otros síntomas que quizá nos están haciendo tomar algo de conciencia de lo que nos ocurre: dificultad para dialogar, para ponernos en el lugar del otro y desde ahí poder al menos entenderlo, aunque discrepemos de su punto de vista; dificultad para agotar todos los recursos posibles para los acuerdos y no llegar de primeras a imponer mis puntos de vista pasando a llevar los legítimos derechos de los otros. Podríamos enumerar otros síntomas en una larga lista que no nos sorprendería mayormente pues somos parte del problema, y casi nos hemos acostumbrado a vivir con ellos, como lo hacen los enfermos cuando no tienen otra posibilidad que aprender a convivir con sus enfermedades hasta que estas los venzan definitivamente.
En las primeras clases del curso de ética y política de este año 2016, nos preguntamos por los desafíos éticos del Chile actual. De manera interesante, emergió en el debate del curso el tema ético no solamente centrado en los temas que comúnmente se llaman valóricos, sino temáticas que tienen que ver con las relaciones sociales y de poder. Parece existir hoy día más conciencia de que los abusos de poder, la corrupción, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace efectivamente, son temáticas éticas fundamentales que afectan nuestra convivencia. Esto, como lo indicó una estudiante del curso, parece estar relacionado con un positivo fenómeno de “ensanchamiento de la conciencia moral”, es decir, lo que quizá ayer nos parecía “normal” hoy nos irrita, lo que antes nos pudo parecer “natural” ahora lo vemos como una construcción humana que, por tanto debe imperiosamente ser modificada o replanteada cuando afecta negativamente al ser humano y su habitat.
Desde lo anterior nos preguntamos por lo que es ética, asumiendo que normalmente se plantea una distinción entre dicha disciplina y la moral pero que en este curso ambos conceptos los consideraremos como sinónimos. La ética se nos aparece como una forma de mirar al ser humano en su multiplicidad de relaciones. Resultó interesante en clases, por ejemplo, hacer un ejercicio de distintas miradas de la realidad. En efecto, un hecho social o interpersonal puede observarse y aprehenderse desde muchos enfoques: políticos, económicos, religiosos, culturales, estéticos, etc. En nuestro caso, queremos poner el acento en la perspectiva ética que supone un concepto de ser humano que se va construyendo en un proceso de multiplicidad de relaciones.
El ser humano.
El ser humano es una persona. Un universo de naturaleza espiritual dotado de libre albedrío nos dirá Jacques Maritain. Tan libre que nadie puede violar su integridad. Pascal planteará que piensa y sabe que piensa. Cuando hablamos del ser humano estamos hablando de otro nivel en el riquísimo mundo de los seres vivos. Libre, piensa, sabe que piensa. Pero también el ser humano tiene un horizonte. Más aún, puede crear sus propios fines y para ellos busca y crea los medios que lo pueden conducir al su fin. Ese fin que Aristóteles llamaba Felicidad.
Es en la historia que el ser humano vive todo esto. Una historia desafiante, con el color de lo claro-oscuro, donde la persona es y a la vez se va haciendo. Vive y posee una forma de vivir. Pero, como dice Augusto Hortal (2000), “nuestras vidas no consisten únicamente en desplegar un programa de potencialidades previamente fijadas para toda la especie; actuamos de forma indiferenciada, individual y grupalmente, y nos planteamos cómo vivir y actuar.”[1] Si el ser humano tiene un fin, y éste es su felicidad, y además es libre o posee libertad, puede acercarse a este fin, pero también podrá alejarse. Habrá entonces formas de pensar y vivir más humanas que otras. Esto es sumamente importante pues vivir humanamente no será algo automático sino también una tarea por hacerse. De ahí la moralidad de su vida. Será moral una vida que lo lleve al éxito en su empresa de ser persona, será no moral su vida, en la medida que lo conduzca por un sendero de deshumanización. De todo esto se ocupará la ética.

¿Qué es ética?
Aclaremos el concepto. Sigamos nuevamente a Augusto Hortal. La palabra ética procede del griego y significa carácter, forma de ser (originalmente: morada, lugar donde habitan los hombres o pacen los animales). De acuerdo a su etimología, la ética significaría las cosas referentes al carácter. El ethos puede ser tanto individual como social y se pone de manifiesto en la manera habitual de actuar de un individuo o de un grupo.
La palabra moral originalmente era el adjetivo (morales) del sustantivó latino “mos, moris”. Originalmente significa costumbre, y llega a significar carácter o modo de ser a partir de la necesidad de traducir al latín el vocablo griego “ethos”.
En el mundo clásico griego y latino, la norma por la que se juzgan las acciones, o el objeto de la Filosofía moral, está encarnada, materializada en una forma habitual de ser y de actuar. Para recuperar este matiz realista de la moral vivida en una sociedad, la sociología y la antropología cultural han introducido el neologismo “mores”.
En nuestro lenguaje ordinario, ética y moral se usan con frecuencia como sinónimos intercambiables, tanto para designar la moral vivida como la moral formulada. Pero a veces se usa ética para hablar de algo más individual, reflexivo, filosófico, mientras que “moral” se usa para lo más social, espontáneo, religioso o teológico.



[1] Hortal, Augusto (2000). Ética I Edic. Pontificia Universidad de Comillas Madrid.

jueves, 22 de agosto de 2013

HACER DISCERNIMIENTO. LA INVITACIÓN SIEMPRE ACTUAL DE PABLO VI.


HACER DISCERNIMIENTO. LA INVITACIÓN SIEMPRE ACTUAL DE PABLO VI.
Andrés Soto S
Agosto 2013

En la década de los años sesenta del siglo pasado, Pablo VI viajó a América Latina y otros continentes, palpando y conociendo realidades diferentes a las que se estaban viviendo en Europa. Pudo darse cuenta que la realidad cultural, social, política, no era la misma en distintas partes del mundo. Tomó conciencia de la heterogeneidad del fenómeno de la vida social y por tanto de las desafíos que se presentaban al hombre contemporáneo y de manera particular al mundo cristiano.
Así, en la carta Octogésima Adveniens plantea:

Ciertamente, son muy diversas las situaciones en las cuales, de buena gana o por fuerza, se encuentran comprometidos los cristianos, según las regiones, los sistemas socio-políticos y las culturas. En unos sitios se hallan reducidos al silencio, considerados como sospechosos y tenidos, por así decirlo, al margen de la sociedad, encuadrados sin libertad en un sistema totalitario. En otros son una débil minoría, cuya voz difícilmente se hace sentir. Incluso en naciones donde a la Iglesia se le reconoce su puesto, a veces de manera oficial, ella misma se ve sometida a los embates de la crisis que estremece la sociedad, y algunos de sus miembros se sienten tentados por soluciones radicales y violentas de las que creen poder esperar resultados mas felices. Mientras que unos, inconscientes de las injusticias actuales, se esfuerzan por mantener la situación establecida, otros se dejan seducir por ideologías revolucionarias, que les promete, con espejismo ilusorio, un mundo definitivamente mejor.(O.A. 3)

Hoy, la Iglesia Latinoamericana ve la realidad del continente y percibe la agudización de cambio profundos. Es así como plantean en el Documento Aparecida que “los pueblos de América Latina y de El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vida” (Aparecida 3). Y señalan que “la novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente se los caracteriza como el fenómeno de la globalización.( A. 34). Agregan:
La historia se ha acelerado y los cambios mismo se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran velocidad a todos los rincones del planeta.(A. 34),
Lo anterior implica consecuencias en todos los ámbitos de la vida “impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión” (A. 35)

Esta realidad de cambios y diversa a la que hacía alusión Pablo VI en el año 1971 y que se ve confirmada por los datos de la observación hasta el día de hoy, observación que también realiza la Iglesia, llevó, en la misma carta apostólica citada anteriormente, a plantear la necesidad del Discernimiento pues, para el Magisterio de la iglesia no es posible pronunciar una palabra única.
Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única como también proponer una solución con valor universal. No es este nuestro propósito ni tampoco nuestra misión.( O.A. 4)
Por lo tanto, “incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción…. (O.A. 4). A las comunidades cristianas les tocará discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.
Releer el llamado de pablo VI de hace más de 40 años impacta no solo por su contenido y pertinencia sino por su actualidad. Ciertamente la realidad compleja requieren la búsqueda de soluciones a través del diálogo con todos los hombres y mujeres que buscan construir humanización. Esta búsqueda se hace a través del discernimiento.

martes, 13 de marzo de 2012

LEY DE ABORTO: DOS PARADIGMAS ÉTICOS SE ENFRENTAN

LEY DE ABORTO: DOS PARADIGMAS ÉTICOS SE ENFRENTAN

Andrés Soto Sandoval

2007

El presidente de Brasil, inmediatamente después de la visita que el Papa Bendicto XVI hizo a ese país latinoamericano, se pronunció acerca de una modificación a la ley sobre el aborto provocado. El Papa se había planteado, como es la tradición de las autoridades eclesiásticas, en contra del aborto. Además había insinuado la posibilidad de una excomunión a legisladores que apoyaran alguna iniciativa legal que se planteara a favor de dicha opción. Lula, de acuerdo a la información de prensa, de manera tajante distingue su postura personal de aquella a la que se siente invitado asumir como gobernante.


Según esa información, la postura de Lula es a favor de legislar para perfeccionar, no para derogar, la ley de aborto vigente en su país: “como ciudadano, soy contrario al aborto. Y no creo que haya ninguna mujer en este país que sea favorable al aborto como si fuera algo que la gente quiere hacer. Pero como Jefe de Estado estoy a favor de que el aborto sea tratado como una cuestión de salud pública, atendiendo a las personas que tienen un embarazo no deseado", habría sostenido el Mandatario. “Sé de mujeres que se provocaron abortos con agujas de tejer, o tomando té de cáscara de mango (...) y acabaron muriendo como consecuencia de ello". "Yo creo que esta legislación no abarca la veracidad de lo que sucede en este país. Todo ciudadano, católico o no, cristiano o no, sabe que existe en Brasil una cantidad exagerada de jóvenes que se provocaron un aborto porque tuvieron un embarazo no deseado", afirmó el Jefe de Estado brasilero.


El Papa, de acuerdo a sus convicciones que se inspiran en el mensaje de Jesús, se plantea en contra de cualquier tipo de aborto provocado. Más aún, para la Iglesia Católica, dicha conducta tiene una pena canónica que es la excomunión latae sentencia, es decir, que ocurre automáticamente, sin que una autoridad externa la declare, por el mero hecho de haber provocado, o ayudado a que ello ocurra, la interrupción de la vida humana que, de acuerdo a la Iglesia, existe desde el momento de la fecundación. Todo esto obviamente en caso de que la persona que provoca o ayuda a provocar el aborto esté en conocimiento de la sanción canónica a dicha conducta.


Lula se plantea en la misma línea de dicha convicción, pero al mismo tiempo asume una postura en su calidad de jefe de Estado. Al ver la realidad capta en ella el fenómeno generalizado de mujeres que abortan ilegalmente y sin los medios de salubridad mínimos para no perjudicar su propia vida. Por ese motivo señala que enfrentar dicho drama es un tema de salud pública y, por lo tanto, cae dentro de las exigencias que debe asumir un gobernante.


Son dos paradigmas éticos que no se encuentran. Por un lado una convicción que se transforma en norma ética y se aplica a toda realidad sin matices. La norma y el principio ético cuestionan la realidad y le exigen someterse a ella de manera tajante. Por otro lado una convicción que choca con la responsabilidad de quien ve en la realidad un fenómeno que atenta contra la vida no solo del niño por nacer sino también de la madre, realidad que debe enfrentarse para minimizar los daños ya que no es posible evitarlos todos. Ante esto, Lula plantea tratar el tema de la realidad del aborto como un tema de salud pública y no solo de aplicación de principios y normas éticas.


¿Se podrá lograr, en algún momento, que ambos paradigmas se encuentren, dialoguen y busquen juntos avanzar lo más posible, para que nuestro mundo sea más ético hoy que antes y más ético mañana que hoy?

jueves, 16 de febrero de 2012

Auge y Crisis de la Democracia Cristiana Chilena

Andrés Soto Sandoval

1998

Texto publicado en Revista Mensaje y revisado para la actualidad 2012


El resultado para la Democracia Cristiana en las últimas elecciones ha sido interpretado como un síntoma de una grave enfermedad. ¿No constituye más bien una oportunidad para enfrentar problemas de fondo no resueltos por años? ¿Está a tiempo el PDC para solucionar suficientemente sus conflictos y dificultades a fin de continuar teniendo vigencia en la sociedad chilena?. Son preguntas de muy difícil respuesta. De los problemas de la DC se ha hablado mucho, No queremos, por eso, volver ahora a la coyuntura política sino más bien tratar de situar dichas dificultades desde una perspectiva que valora el aporte cristiano en la política nacional.


“…Hijo, son la Patria, gracias a Dios.”


Algunos testigos aún siguen afirmando que ha sido la concentración más grande de la historia política de Chile. Ante una multitud que llenaba la elipse del entonces parque Cousiño en septiembre de 1964, Eduardo Frei Montalva compartía un sueño. Decía que la Patria Joven se había puesto en marcha. Finalizaba emocionado ante millares de adherentes: “soñé en una especie de insomnio que mi hijo me preguntaba: ¿Padre: quiénes vienen? …, ¿Pero hijo, que nos ves las banderas?.. son los mismos de 1810, los mismos de 1879…son la patria, son la patria gracias a Dios”.


La mística era tan impresionante que hasta los que eran niños en esa época aun conservan el recuerdo del acontecimiento. La Democracia Cristiana junto a su líder había logrado expresar los clamores, las esperanzas de miles de chilenos en un movimiento nuevo, nacional, progresista, popular y de inspiración cristiana. En un contexto mundial centrado en la guerra fría, en la Latinoamérica en gran parte admiradora de la revolución cubana, supieron convertir la Revolución en Libertad en una aspiración realista de cambio para construir un Chile nuevo. Un sueño colectivo parecía posible.


Todo había sido muy rápido. El Partido Demócrata Cristiano en muy poco tiempo se había transformado en un partido de masas de presencia indiscutible en el sistema político chileno. Su historia ya se confundía con la historia nacional contemporánea.


Los fundamentos.


Cuando la Cuestión Social va tomando fuerza y mayor urgencia en la conciencia de los cristianos de Chile, animados por figuras como el padre Vives y Fernández Pradel y después Alberto Hurtado y monseñor Manuel Larraín, inspirados en las Encíclicas sociales de la Iglesia y en el pensamiento de filósofos como Jacques Maritain y Emanuel Mounier, algunos jóvenes católicos chilenos querían pensar como tales a su país y actuar en la sociedad para cambiar las injusticias sociales. No compartían los postulados del capitalismo individualista que ahondaba las diferencias sociales postergando siempre a los más desposeídos. Tampoco compartían las soluciones del socialismo marxista al que calificaban de materialista, que agudizaba la lucha de clases e impedía en la práctica solucionar los problemas de la gente ahogando su libertad. Si bien defendían la libertad rechazaban el concepto que tenía el capitalismo de ella. Deseaban una libertad que liberara, como expresó más adelante Eduardo Frei en la campaña presidencial que lo llevó a la presidencia de la República.


Estos jóvenes católicos vieron en la actividad política un instrumento eficaz para construir un mundo nuevo inspirándose en el sermón del Monte, es decir en la noticia de la cercanía del Reinado de Dios anunciado por Jesucristo. El pensamiento cristiano era social y había que llevarlo a la práctica, sin afán de confesionalidad, con independencia, pero fiel al Evangelio.


El grupo de los inicios fue de esos grupos que le dan prestigio a cualquier sociedad e institución. Atraídos, como dijo después el Cardenal Raúl Silva Henríquez, por la urgencia de la lucha eterna entre el bien y el mal encarnada en estructuras sociales, se juntaron Eduardo Frei, Radomiro Tomic, Bernardo Leighton, Rafael Agustín Gumucio, Ignacio Palma, Manuel Garretón y otros. La tarea era enorme, no solo por el cambio radical que deseaban llevar a cabo en la sociedad, sino por las dificultades de conciliar dos elementos necesarios. Uno es la fidelidad al pensamiento social cristiano y la filosofía humanista cristiana que lo mediaba. El otro la necesaria limitación de la actividad política que urge la consideración de mediaciones es decir tratar de hacer todo lo posible en la sociedad a costa a veces de postergar lo imposible.


La Falange Nacional.


Todo había comenzado a partir de la indignación cristiana ante la llamada “Cuestión social”. La Rerum Novarum, encíclica de Leon XIII en 1891 y después Pio XI con su Quadragesimo anno, habían denunciado la situación de los más pobres de una manera dramática. Habían llamado también a los apóstoles cristianos a organizarse y luchar por un orden nuevo. Se postula para ello en 1931, como medio eficaz, la Acción Católica.


El Partido Conservador, considerado partido oficial de la Iglesia, va reconociendo que las condiciones sociales del país sólo podrían mejorar mediante el esfuerzo político mancomunado. Pretende revitalizarse y para ello se crea en 1935 el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora. Ésta se entendía como “cruzada de redención nacional”. Formado por personas con fuerte inquietud social, pronto se empezaron a sentir las diferencias con el mismo Partido al ver que este no impulsaba los cambios con la celeridad que, a juicios de estos jóvenes, la realidad pedía. La Falange Nacional, denominada así desde 1937 al interior del partido Conservador, rompe con esta estructura en 1938 cuando el partido apoya al partido liberal en las elecciones presidenciales. La Falange nacía como partido independiente y de vanguardia, fuertemente inspirada por el catolicismo social, la filosofía cristiana de Maritain y otros pensadores y la convicción de que la acción política era un medio privilegiado para producir los cambios hacia un nuevo orden social, una nueva cristiandad. Todo esto se entendía como una verdadera cruzada centrada en el hombre y como alternativa ante el marxismo y fascismo. La Falange va teniendo un auge lento, de poca fuerza electoral pero de gran prestigio por la calidad de sus dirigentes. Es en 1952 cuando, luego de la elección de Ibáñez, comienza su verdadero ascenso.


El nacimiento de la Democracia Cristiana.


La historia que continúa es bastante conocida. En 1957 surge el Partido de dos vertientes fundamentales: La Falange y el Partido Conservador social cristiano. Pretendían, como dice su declaración de principios “realizar una verdadera democracia en la que el hombre puede obtener su pleno desarrollo espiritual y material”. Destacaban la dignidad del ser humano, la importancia de los trabajadores, y criticaba el tipo de democracia que existía en Chile, especialmente por sus rasgos restrictivos y la mantención de las injusticias sociales. En 1958 Eduardo Frei Montalva pierde su candidatura presidencial, pero al mismo tiempo consolida, con un 20,7 por ciento de la votación, al PDC como la gran fuerza de la política chilena. Comenzaba su auge. ¿Comenzaba también su decadencia?. Ahora sus principios, ya de alguna manera transados con la fusión y conversión a PDC, debían pasar la prueba de fuego de las realizaciones. La moral de la convicción junto a la moral de la responsabilidad debían conjugarse en una nueva versión de compatibilidad. ¿Sería posible entrar de lleno en la cancha política y del poder sin afectar los principios que daban sentido a la actividad de los demócratacristianos? La actual realidad de la DC muestra esta dificultad.


Eduardo Frei Montalva sostenía, como más tarde lo expresó en su libro Un mundo nuevo, que “la acción política que no se funda en una concepción filosófica del hombre y la sociedad, en una doctrina universal que la alimente y en un conocimiento profundo de la realidad, carece de destino. El pragmatismo puro no es capaz de darle un sustento creador ni de generar los valores morales indispensables para llevarla adelante”. En un verdadero testamento político dejado a los jóvenes con motivo del plebiscito de 1980, les pedía que no se sintieran parte de un partido omnipotente sino que concibieran la política no para ser servidos sino para servir, especialmente a los más pobres. Y agregaba que la opción por los pobres de la Iglesia estaba en el corazón de la Democracia Cristiana. Casi con lágrimas miraba los rostros de la JDC y manifestaba su sana envidia pues la tarea que había por delante era apasionante. A su juicio el sueño de un mundo nuevo siempre era posible.


Importantes dirigentes del partido concebían a la DC, en su pleno auge durante la década de los sesenta, como un partido de vanguardia. El mismo Radomiro Tomic planteaba a los jóvenes democratacristianos del mundo la fuerza del mesianismo político y cristiano de la DC. Así como a Jesús los discípulos de Juan Bautista le preguntaban si era él quien tenía que venir o aún había que esperar a otro, el mundo, según Tomic, le preguntaba hoy a los democratacristianos si eran ellos los que tenía que venir a transformar las estructuras injustas desde la perspectiva cristiana, o aún los pobres, los marginados, los postergados de siempre, tenían que esperar a otros para realizar el cambio social. Sentía fuertemente la misión redentora del ya principal partido del país.


Pero la DC era ahora un partido de masas y con mucho poder. En las primeras elecciones parlamentarias luego de la aplastante victoria de Frei Montalva que lo llevó a La Moneda, la DC obtuvo la mayoría absoluta de los diputados. Ante este partido con poder, no pocos se agolpaban a él en busca de puestos de trabajo, de ayudas de todo tipo. Era fácil oír: “yo he dado tanto al partido, ahora necesito que el partido me dé a mí”. El clientelismo y otro tipo de fenómenos semejantes comenzaban a ser parte importante de la vida de este gran movimiento que había nacido para llevar a cabo la justicia social del Evangelio. El viejo dicho “otra cosa es con guitarra” se hacía ahora patente. La DC crecía en número de militantes. Como toda institución en auge numérico, van apareciendo con más fuerza dentro de ella las inevitables facciones que mirar la realidad desde ángulos diferentes. En 1969 una crisis importante hace surgir al MAPU. Luego, ya en pleno gobierno de la Unidad Popular otro grupo disidente forma la Izquierda Cristiana. No obstante el partido continuaba con fuerza, aunque con las inevitables dificultades de toda gran institución, especialmente formando a sus jóvenes no sólo en táctica y estrategia política sino principalmente en los fundamentos del pensamiento cristiano. De esta manera el humanismo cristiano era un factor integrador, al interior de un partido multiclasista con importantes diferencias en su seno.


Los elementos de la crisis.


¿Cuál sería hoy la pregunta que le haría el hijo a su padre en el sueño de Eduardo Frei Montalva? ¿Qué respondería? La crisis que atraviesa hoy la Democracia Cristiana de algún modo la vive todo partido político chileno. Esta realidad tiene que ver con un sistema político, establecido en la Constitución de 1980, que anula en gran parte las posibilidades de cambio político para lo cual los partidos son un instrumento privilegiado. Al mismo tiempo la DC participa como todos los partidos, de un momento político cultural chato y excesivamente pragmático, contradiciendo lo que el mismo Eduardo Frei Montalva postulaba acerca de la acción política.


Pero hay otros elementos que afectan más propiamente a la DC. Uno de ellos lo constituye la realidad del mundo que ha cambiado. La Democracia Cristiana al ser un partido de masas no dejó de mantener elementos importantes de vanguardia y un profundo sentido de cruzada. Por este motivo, siendo estructuralmente un partido de centro, ideológicamente no lo fue. Tenía un proyecto que alimentó la postura de camino propio, en un contexto donde las posibilidades de negociación y pactos eran difíciles. La época de las ideologías irreconciliables alimentó la estructura de los tres tercios. Internacionalmente esto estaba sustentado por un mundo bipolar. La DC siempre se concibió, y así se interpretaba su símbolo, como una flecha que iba más allá del marxismo y del capitalismo, que lo atravesaban con una propuesta distinta que significaba la vía para la liberación del hombre, para su desarrollo integral. Este mundo ha cambiado. Hoy la realidad internacional no es bipolar. El marxismo en su versión leninista y soviética no está vigente. El socialismo se ha renovado. Domina el neoconservadurismo con sus políticas neoliberales. Por otro lado, su postura más bien centrista también se ve agotada en una realidad política donde el centro político tiende a ser ocupado por muchos más movimientos y partidos. Por lo tanto parte de la oferta propia de la Democracia Cristiana Chilena también es ofrecida por otros actores, algunos con más juventud y dinamismo. Además el actual sistema político chileno tiende a favorecer la formación de coaliciones. Hasta ahora el PDC ha aceptado con facilidad ser parte de la Concertación de Partidos por la Democracia pero siempre con tentaciones de volver al camino propio.


El otro elemento tiene que ver con el mismo pensamiento social cristiano. En la crisis de la DC hay componentes de estrategia, que de alguna manera han sido enfrentados, con éxitos y fracasos. Sin embargo reducir el problema a una consideración estratégica es no enfrentar el fondo del problema. Lo fundamental está, sin negar los aspectos más propiamente políticos coyunturales de táctica y estrategia, en la identidad de un partido que se ha basado en la actualización de un pensamiento social para un mundo diferente al que vivimos hoy día. Urge, por lo tanto, volver a desarrollar la capacidad de pensar, reformular y formar para el cambio que la sociedad contemporánea y particularmente la chilena necesita hoy día.


Nos podemos preguntar quienes están pensando y reformulando sistemáticamente el pensamiento social de los cristianos de nuestro país. Hacen falta pensadores, como Maritain en su momento, que actualicen la Doctrina de la Iglesia para la acción política de los cristianos ante el siglo 21. La excesiva valoración de lo pragmático ha significado la subestimación del aporte ético específico de los hombres de fe en el actuar político, al interior de la vida demócratacristiana.


De lo anterior están conscientes no pocos demócratacristianos que incluso se han manifestado en acciones testimoniales de envergadura, como lo fue por ejemplo hace años, la acusación constitucional en contra de Augusto Pinochet. Ellos ven con urgencia la necesidad de recuperar la mística interna adormecida pues están convencidos de que la inspiración cristiana en lo político trae consigo el desarrollo de una dimensión profética que alimenta la lucha por la justicia. Un aspecto importante de esta lucha consiste en la fidelidad al esfuerzo de los fundadores por construir una Democracia verdaderamente representativa lo que significa modificar sustancialmente el sistema político chileno. El sentido del poder que de alguna manera continúa teniendo la DC, está justamente en la posibilidad de ponerlo al servicio de lo ciudadanos, especialmente de los más marginados. Este esfuerzo que se está haciendo permite sospechar que aún es tiempo para que este otrora gigante de la política nacional retome su causa fundamental.


Finalmente, hay dos ideas claves, presentes en este comentario, necesario de subrayar. La primera tiene que ver con la dificultad intrínseca que tiene todo movimiento o partido político de inspiración cristiana. Conciliar el discurso de la utopía de Jesús de Nazareth y la necesaria consecuencia personal y colectiva que exige, con la mediación y conflicto que trae la organización y acción política, significa aceptar una tensión permanente. En la medida en que el cuerpo político que quiere hacer el cambio desde la perspectiva cristiana, se aleje de sus fundamentos, más difícil podrá sostenerse en su identidad. En este caso el colapso es inevitable, salvo que se quiera vivir sin fundamento y convertirse en otro tipo de partido principalmente prágmáticoi¡. Al mismo tiempo, el purismo que lleva a no constituirse en un movimiento que se inserta en el conflicto político por el riesgo de contaminarse, lleva también a hacer infructuosa toda posibilidad de construir una sociedad nueva con el instrumento del poder. Eso sería como negar la misma encarnación. La gracia del desafío político de los cristianos consiste, en parte, en esta misma dificultad. Así lo entendieron los fundadores del PDC chileno quienes nacieron a la vida política impulsados fuertemente por convicciones religiosas y sociales. Quizá es hora de volver a beber agua de los manantiales que se bebieron hace más de cincuenta años.


La segunda idea clave se puede resumir en la siguiente pregunta: ¿Está vigente en Chile el pensamiento socio político cristiano? ¿Tiene algo que decir? Tengo la convicción, que más allá de las posibilidades de construir un gran o pequeño movimiento político, si la Democracia Cristiana chilena muere en el corto o mediano plazo, en Chile habría que fundar un nuevo partido de inspiración cristiana. Obviamente un movimiento de esta naturaleza no excluye la posibilidad de optar por otro tipo de alternativas políticas pues nadie tiene el monopolio de lo cristiano en política. Ahora bien, dicho movimiento o partido se encontrará con las mismas tensiones y requerirá estar permanentemente alimentando su identidad propia para colaborar políticamente en la construcción del mundo nuevo a que invita el Evangelio.